Cosas que dicen que molan (y no sé si molan tanto)


El “Coworking”

Dícese de aquel espacio en el que diversos profesionales (también pomposamente llamados “emprendedores”) ejercen su labor compartiendo gastos. Sus propagandistas suelen traducir las ventajas del “coworking” en expresiones no menos pomposas, tales como “sinergia” o “ambiente favorable al flujo de ideas”.

En realidad es la pura y dura expresión del fracaso económico nacional: personas la mar de válidas, talentosas y potencialmente contributivas cuya endeble actividad económica no les da para lo mínimo: un despachito, tal vez un/a ayudante asalariado/a y unos honorarios medianamente dignos. Su trabajo es generalmente demandado y valorado (moralmente, al menos), pero a nadie se le ocurre pensar que pagar 50 euros por 25 artículos para un blog (¡dos euros por artículo de 400 palabras!) roza el delito de explotación laboral. 

No negaremos sus ventajas: siempre es mejor que trabajar solo, más que nada porque los antedichos 50 euros se te pueden ir en antidepresivos. Si encuentras buen rollo, te reirás más que en tu casa o microdespacho. Y, bueno, tal vez encuentres un socio/a con el que puedas construir algo más sólido. O incluso un novio/a, nunca se sabe.

Par contre, dispondrás de un espacio mínimo, lo justo para tu ordenador (que deberás proteger convenientemente con una clave) y tal vez una cajonera donde guardar tus quince o dieciséis papeles. Olvídate de tu intimidad profesional (a ver cómo hablas con tus hipotéticos clientes de asuntos hipotéticamente confidenciales) y te deseo que te lleves bien con el compañero de al lado…

El “Cloud Computing”

Especie de nueva religión tecnológica que preconiza la migración de todo nuestro conocimiento a un servidor situado vete a saber dónde, gracias a lo cual podrás establecer relaciones de trabajo a distancia. El Cloud Computing lo hace todo chachipiruli: mejoras la productividad y la competitividad, puedes trabajar desde cualquier sitio (el ideal de todo el mundo, vamos: trabajar desde casa, en vacaciones, en sábado, en el avión, mientras… dejémoslo).

Pero, a ver, almas de cántaro. ¿No nos ha dicho el señor Snowden que espían hasta nuestros e-mails de amor? ¿No nos han advertido como ochocientas veces de que nuestros datos en la red están tan seguros como un gramo de cocaína en una fiesta de fin de año?. Si incluso nuestros ordenadores personales son atacables, ¿qué no será de los servidores en la nube?

De nuevo, tiene ventajas: Evernote o Dropbox son la mar de útiles. Este último lo usamos en mi oficina en sustitución de la red interna (lo que no deja de ser un error) y en general permiten eso de trabajar en casa (mi ideal de toda la vida, pero ésta es dura) y disponer de información sin tener que ir corriendo a la oficina para ver tu ordenador. También molan los servicios de Google. Pero tal vez convendría recordar que Evernote ya ha sufrido un ataque hacker (les honra haberlo reconocido, pero me gustaría saber cuántos no lo hacen).

Emprender

En neolengua, “montárselo por su cuenta” o “poner un negocio”. Eso sí, en no pocos casos deseando fracasar porque “de los fracasos se aprende mucho” y “en Estados Unidos se valora mucho el que uno haya fracasado alguna vez”. El problema es que los fracasos cuestan mucho dinero y suelen dejarte con más trampas que en una película de chinos. Pero es igual: de derrota en derrota hasta la derrota final.

Existen principalmente tres perfiles de emprendedores:

  1. El emprendedor mediático. Tiene una buena idea (digamos una aplicación de Android que lo peta) y consigue que un fondo de capital riesgo le financie la aventura. Pero los fondos de capital riesgo no son hermanitas de la caridad y buscan un retorno de la inversión lo más rápido posible. Así que el emprendedor no tiene demasiado tiempo que perder: suele trasladarse a Sylicon Valley y llamar a las puertas de las “majors” para presentarles su proyecto. Leí hace poco una entrevista con uno de ellos: tenía su oficina junto a las de Google y su objetivo confesado era vender su idea al Gran Hermano (o a otro) y sacarse un pastizábal. Tal vez para “emprender” de nuevo, pero eso, en el castellano de toda la vida, se llama “dar el pelotazo”. Que no tiene nada de malo, pero sí muy poco que ver con eso de “crear empresa”.
  2. El pro. Hablé de ellos en otro post. Llamarles “emprendedores” (así los llama nuestra ministra del paro) es dignificar lo suyo gratis. Pero ellos y ellas ya son dignos. Lo que necesitan es clientes, actividad y facturación. Esto, obviamente, es una cosa que tanto a nuestra ministra del paro como al resto de sus compañeros de gabinete se les da un poco peor, así que, si les llamamos emprendedores y hacemos una ley al respecto quedaremos estupendamente. Olé.
  3. El pequeño empresario. Especie en serio peligro de extinción debido a la casi absoluta destrucción del ecosistema en el que se desarrollaba. Se suele culpar de esto a la falta de crédito. Pero el problema fundamental es otro: que no hay negocio. El pequeño empresario es ese que aguanta, incluso comiéndose sus magros recursos, porque no tiene alternativa. Le encantaría contratar a más gente, pero la situación no da para eso. A veces trabaja sin sueldo y muy pocas veces es llamado emprendedor, porque tener un bar o una ferretería no aporta el glamour necesario para acceder a esa categoría.

Y, finalmente, la empresa 2.0

¡Qué guay es trabajar en Google!. Por lo menos, El País lo pintaba así hace poco. Van al curro en autobuses con wifi, tienen diez clases diferentes de comida, zonas de esparcimiento… todo súper pero que mega enrollado.

Me perdonarán los creyentes, pero soy un poco escéptico al respecto. Uno tiene que dar a la empresa en la que trabaja lo mejor de sí mismo y para eso es mejor tener una vida fuera de la empresa. Ya saben: novia o esposa, niños si apetece, tomar unas birras con amigos preferiblemente alejados del ámbito laboral de uno, ir al cine, pasear en solitario o en compañía, leer… Leyendo lo de Google, uno tiene la sensación de que se desincentiva cualquier cosa que no sea tener la mente en el futuro de la compañía. Me recuerda a una auditora ya desaparecida. La diferencia es que allí era obligatorio ir trajeado y aquí puedes venir en bermudas. Como que mola más… siempre que entregues cuerpo, alma y cerebro a la empresa. Lo siento, pero no trago.

Bueno, ya está bien de tocho. Hasta la próxima.

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One thought on “Cosas que dicen que molan (y no sé si molan tanto)

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