Y eso, ¿cómo lo haces?


El otro día recibí uno de esos encargos superurgentes a los que todos estamos acostumbrados. Nada trágico: de hecho, soy la demostración andante, viviente y escribiente de la Ley de Parkinson. Y, comoquiera que es lo que hay y que la persona que me lo pidió representa a un muy buen cliente y, además, es una de esas pers onas que, a base de críticas, hace que tu trabajo sea mejor, me puse manos a la obra.

Acabé el encargo en el tiempo previsto. Además, gustó tanto como para que las modificaciones fueran pocas y secundarias. Mi cliente me agradeció el esfuerzo y el resultado y… me preguntó cómo había sido capaz de hacerlo.

¿Talento? ¿Oficio? ¿Método?

Respondí a la pregunta como El Spaghetti Gigante Volador me dio a entender en ese momento, pero eso me despertó cierto interés por reflexionar, si bien en plan pedestre, por el proceso de creación. Y aquí estamos de nuevo. Gracias por aguantarme.

Proceso creativo (fuente)

Primero, una aclaración: proceso creativo es para un servidor aquel proceso en el cual, partiendo de unos materiales, llegas a otros distintos y no previstos (si fuera un resultado previsto, hablaríamos de “industria” o “artesanía”). Eso vale para un programador informático, un investigador en Topología, un redactor publicitario o un señor que restaura vehículos. Entre otros. La cuestión primera es cuáles son las condiciones que permiten a uno hacer cosas así. ¿Es talento, oficio o método?

A tal respecto, confieso ser algo heterodoxo. Creo que el talento está sobrevalorado –no es cuantificable, está más relacionado con el interés que con las condiciones innatas y no garantiza buenos resultados– y que el oficio es un elemento secundario –lo descubres cuando un recién llegado presenta un trabajo de mejor calidad que el tuyo–. En cambio…

Del método SÍ podemos hablar.

Y, además, un encargo urgente, como el que daba inicio a esta entrada, es ideal para eso. ¿Por qué? Pues, fundamentalmente (y remitiéndonos de nuevo a la Ley de Parkinson), porque en estos casos failure is not an option (que dicen los pilotos). O trabajas con método, o te estrellas. Tú verás.

En segundo lugar, e IMHO, el método es relevante porque impone disciplina. Nuestra exacerbada latinofilia nos llega a pensar a veces que un pensar anárquico es más productivo. Craso error: creo (y te lo dice un ser absolutamente caótico) que es la disciplina la que nos lleva a ser más creativos.

En cualquier caso, no puedo hablar del “método” en general. Tú tienes el tuyo, yo el mío y de ese método, el mío, hablo. Así lo hago yo:

Fase uno: cosecha de datos.

¡Gracias, Internet! Tú has logrado que este paso sea mucho más sencillo. Todavía (cebolleta) recuerdo los tiempos en los que cualquier oficina que se dedicara a esto estaba atestada de libros sobre las más variadas materias (la alternativa era dejarse un pastizábal en la Britannica). Ahora basta con tener cierta habilidad para el googleo y usar los marcadores de tu navegador. Incluso puedes documentarte a la vez que escribes, a condición de que hayas adquirido una idea general al respecto. Lo que nos lleva a la…

Fase dos: escritura automática.

Para mí, esta es la parte más importante. No para el destinatario de mi trabajo, sino para la calidad final. Se trata, en mi caso, de escribir deprisa, sin hacer caso al aspecto del texto, pero con atención a los contenidos. Ahí permito que mi “yo” más convencional se luzca y el resultado siempre es un relato deslavazado, sin gracia, trufado de lugares comunes y recursos pobres, aburrido e ilegible.

Pero el texto, una vez terminado, contiene la información que quiero transmitir y una cierta apariencia de estructura, lo que me sirve para la…

Fase tres: reescritura.

Nunca aprovecho el documento Word de la fase anterior. Lo imprimo y abro uno nuevo en blanco. Intentar escribir sobre el primer texto es una tentación, pero también una maldición. Hay muchos cantos de sirena ahí, en forma de palabras-insecto. Ahí está el verdadero ejercicio de disciplina: empezar de nuevo, partiendo de (casi) cero.

Si en la fase dos la prioridad era la información, en la tres la clave está en los conceptos. Ya sé lo que quiero decir y ahora tengo que convertirlo en cápsulas que (a) tengan interés para el lector (b) sean digeribles. Con un ojo en el primer texto (impreso), otro en la pantalla y (sobre todo) con la mente puesta en el destinatario, escribo despacio. Ahí es donde las pomposidades tipo “Esta exclusiva oferta para usted” o “No deje pasar la oportunidad” se van por el sumidero. Terminada esta reescritura paso a la…

Fase cuatro: Navaja de Ockham.

Mi verdadero patrón, fray Guillermo de Ockham (fuente).

El filósofo y franciscano británico debería ser nombrado nuestro santo patrón. Le debemos la máxima menos es másahí es nada.

Este es un paso triste, porque ahí es donde uno se carga esos adornos que halagan al ego propio… pero no dicen nada al ego ajeno. Así es la vida, a podar se ha dicho. Como dijo aquel, nuestro (últimamente magro) sueldo se justifica por las palabras que borramos, no por las que escribimos.

Durante el afeitado, no solo podo, sino que leo con calma, corrijo algunas repeticiones, simplifico aquella frase que escribí donde el predicado precedía al sujeto (¡prohibido totalmente!) y rehago algún párrafo donde no han quedado claras las cosas.

Lo ideal, en mi opinión, es que entre la fase tres y la cuatro transcurra un tiempo prudencial. Como mínimo, un par de horas, aunque lo óptimo es una noche, tiempo en el que las palabras se asientan, el juicio se refresca y el sentido (auto) crítico se despierta.

Y en un mundo ideal…

Qué bonitas son las cosas ideales (fuente)

Oh, en un mundo ideal yo haría por lo menos otra reescritura. Y en un mundo más ideal todavía, prepararía una segunda propuesta siguiendo el mismo método. Pero las más de las veces, el calendario no lo permite. Ahí es donde el oficio y el talento juegan su papel.

Hasta la próxima.

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¿Por qué lo hacen tan complicado?


¿Necesitas algo más que esto?

Crear es un acto simple, sencillo. Homero compuso La Ilíada y La Odisea en su cabeza. Y existe un hermoso cuento de Borges (todos los cuentos de Borges lo son IMHO) donde se narra… (bueno, mejor lo lees).

De hecho, la única condición para que tu creatividad fluya es mantener un cierto grado de concentración. Y ahí es donde el Publicista Perplejo tropieza con las nuevas tecnologías.

Desde siempre he sido más bien proclive a la dispersión, de modo que estoy completamente negado para, por ejemplo, jugar al ajedrez. Por otro lado, soy tirando a desordenado, con lo que es más que probable que cualquier idea interesante, anotada en papel y guardada en el bolsillo trasero de mis pantalones acabe hecha un amasijo acartonado tras el lavado de la colada.

Así que un ordenador, o cualquier otro dispositivo que sirva para anotar ideas, guardarlas y recuperarlas allí donde uno se encuentre es todo un invento.

Pero, ¿por qué un ordenador es complicado? Y me refiero a cualquier ordenador y a casi cualquier software.

Los procesadores de texto sirven para escribir.

Un memorándum, los textos de una web, un email, la Novela del Siglo…Así que uno se pregunta por qué, al abrir Word, uno se encuentra con esto:

La verdad, es que este interface parece diseñado por un enemigo de la creación. ¡Cuántas cosas que no necesito! diría Sócrates al verlo. Vale, sí: esto me ofrece dieciséis millones de útiles herramientas para (ejem, en palabras de Bill Gates) gestionar el conocimiento (¡hace falta ser chulo para decir algo así!).

Pero verán, señores: a la hora de crear lo que quiero es crear. O sea, y en mi caso, enfrentarme a una página en blanco y escribir mis cosas. No quiero que me arreglen la vida ni que me KORIJAN UNA PALAVRA. Eso ya sé hacerlo yo. No quiero títulos uno, dos, ni tres. No quiero tener que enfrentarme al puto nuevo interface cada vez que actualizo mi versión de Office…

Además, todos esos iconitos que salpican la pantalla sólo sirven para distraer mi atención de lo básico, que es escribir. Incluso, esta plataforma wordpress en la que escribo mi blog, lo entiende y me ofrece una fantástica función de pantalla completa que me evita distracciones.

Aquí, gracias al cielo, hay alternativa.

Una de ellas, la más antigua y, por qué no decirlo, funcional, es escribir a mano y pasar luego, con las ideas ya ordenadas, al procesador de textos. Funciona, pero si vieras mi mesa de trabajo, después de echarte las manos a la cabeza, seguramente concluirías que esa alternativa no es adecuada para mí.

Otra es Ommwriter. Parece mentira, pero a nadie se le había ocurrido, hasta que llegó una gente de Barcelona y creó algo tan simple como… un procesador de textos que es poco más que una página en blanco. Cuando abres una página, solo tienes e-papel: ni menús, ni escritorios, ni nada. Sólo espacio para escribir y música, por si deseas aislarte todavía más del entorno.

Aquí tienes un vídeo de Ommwriter en acción. Si te gusta, puedes bajarte una versión gratuita, o bien la de pago, que cuesta exactamente la cantidad de dinero que tú quieras pagar por ella.

La complejidad nos hace complicados.

Y, además, no la hemos elegido. Nosotros queríamos herramientas que dieran alas a nuestra imaginación y lo que nos han dado a cambio es plomo para esas alas. En realidad, nos han engañado a base de ofrecernos presuntas “actualizaciones” y “mejoras” que aportaban a nuestras herramientas funcionalidades completamente innecesarias. ¿Imaginas un destornillador tan sofisticado, pero tanto, que antes de usarlo sea preciso empollarse doscientas páginas del manual? ¿Y que cada mejora cambie su aspecto visual y el modo de usarlo? Pues eso.

¿Podremos volver alguna vez a la simplicidad de Homero, del cuentacuentos o del protagonista del cuento de Borges? No sé, veremos.