Sobre eso de escribir bien (una vez más)


Acabo de cazar este artículo del gran Jordi Pérez Colomé (autor del para mí imprescindible Obamaworld). En Jotdown (otra revista interesante), nos cuenta algunas verdades sobre eso de escribir bien. Copiopego una parte. El resto, podéis leerlo en la fuente original.

Hace unas semanas vi en el blog de la empresa Hipertextual que habían ayudado a Telefónica a mejorar su blogThink Big: “A inicios de 2013, Telefónica se acercó a nosotros con una misión sumamente interesante: cómo hacer que Think Big sea un blog mucho más relevante para su público objetivo”. La noticia decía que durante 2012 ya les habían echado una mano —había sido “a nivel consultoría”, para “encontrar una identidad propia a nivel editorial para el blog”—, pero que en 2013 fue el impulso definitivo. Empezaron “con el contenido” y luego se preocuparon por el diseño adaptativo, que el blog cargara “extremadamente rápido” y por el lenguaje html5.

Entré en Think Big a ver. Se me cargó “extremadamente rápido” y era “adaptativo” a mi móvil. Empecé a leer un post al azar, titulado: “El LTE puede revolucionar las señales de TV”. La tercera frase era así:

La evolución de la tecnología, además de ofrecernos mayores velocidades de subida o descarga de contenidos, también trae consigo una mejor gestión de los recursos disponibles; dicho de otra forma, además de ganar en velocidad y capacidad de transmisión, buscamos un menor consumo en nuestros terminales móviles (para no mermar su autonomía) y optimizamos el uso que tenemos de las bandas de frecuencia asignadas para las comunicaciones inalámbricas.

Hay 14 palabras de cuatro sílabas o más. Usa 68 palabras para decir solo esto: “La tecnología para Internet permite más velocidad y hace que la batería del móvil se gaste menos”. Fui a otro post: “Ideas que innovan, la plataforma para jóvenes emprendedores tecnológicos”. Empieza así, también en una sola frase:

Estimular el talento y la capacidad de innovación de los jóvenes es lo que ha llevado a la Fundación Telefónica de Argentina a poner en práctica la iniciativa Ideas que innovan, una plataforma de lanzamiento para que aquellas mentes creativas tengan oportunidades para desarrollar sus ideas hasta convertirlas en productos o servicios que contribuyan a mejorar la calidad de vida en sus entornos cercanos.

Esta es la información que se da ahí: “La Fundación Telefónica de Argentina crea la iniciativa ‘Ideas que innovan’ para ayudar a jóvenes a convertir sus ideas en productos y servicios”. Podría poner “emprender” en lugar de las siete últimas palabras, pero se me podría acusar de usar una palabra connotada.

Me parece magnífico que Telefónica pague a Hipertextual por su trabajo. Me encanta que Hipertextual hagaThink Big mejor. Pero el objetivo final de la tecnología aquí es —si no me equivoco— transmitir información, que se logra con los textos. Tras toda la “innovación”, la escritura es discreta y la información se diluye.

Y ahora sigue leyendo aquí.

¿Por qué lo hacen tan complicado?


¿Necesitas algo más que esto?

Crear es un acto simple, sencillo. Homero compuso La Ilíada y La Odisea en su cabeza. Y existe un hermoso cuento de Borges (todos los cuentos de Borges lo son IMHO) donde se narra… (bueno, mejor lo lees).

De hecho, la única condición para que tu creatividad fluya es mantener un cierto grado de concentración. Y ahí es donde el Publicista Perplejo tropieza con las nuevas tecnologías.

Desde siempre he sido más bien proclive a la dispersión, de modo que estoy completamente negado para, por ejemplo, jugar al ajedrez. Por otro lado, soy tirando a desordenado, con lo que es más que probable que cualquier idea interesante, anotada en papel y guardada en el bolsillo trasero de mis pantalones acabe hecha un amasijo acartonado tras el lavado de la colada.

Así que un ordenador, o cualquier otro dispositivo que sirva para anotar ideas, guardarlas y recuperarlas allí donde uno se encuentre es todo un invento.

Pero, ¿por qué un ordenador es complicado? Y me refiero a cualquier ordenador y a casi cualquier software.

Los procesadores de texto sirven para escribir.

Un memorándum, los textos de una web, un email, la Novela del Siglo…Así que uno se pregunta por qué, al abrir Word, uno se encuentra con esto:

La verdad, es que este interface parece diseñado por un enemigo de la creación. ¡Cuántas cosas que no necesito! diría Sócrates al verlo. Vale, sí: esto me ofrece dieciséis millones de útiles herramientas para (ejem, en palabras de Bill Gates) gestionar el conocimiento (¡hace falta ser chulo para decir algo así!).

Pero verán, señores: a la hora de crear lo que quiero es crear. O sea, y en mi caso, enfrentarme a una página en blanco y escribir mis cosas. No quiero que me arreglen la vida ni que me KORIJAN UNA PALAVRA. Eso ya sé hacerlo yo. No quiero títulos uno, dos, ni tres. No quiero tener que enfrentarme al puto nuevo interface cada vez que actualizo mi versión de Office…

Además, todos esos iconitos que salpican la pantalla sólo sirven para distraer mi atención de lo básico, que es escribir. Incluso, esta plataforma wordpress en la que escribo mi blog, lo entiende y me ofrece una fantástica función de pantalla completa que me evita distracciones.

Aquí, gracias al cielo, hay alternativa.

Una de ellas, la más antigua y, por qué no decirlo, funcional, es escribir a mano y pasar luego, con las ideas ya ordenadas, al procesador de textos. Funciona, pero si vieras mi mesa de trabajo, después de echarte las manos a la cabeza, seguramente concluirías que esa alternativa no es adecuada para mí.

Otra es Ommwriter. Parece mentira, pero a nadie se le había ocurrido, hasta que llegó una gente de Barcelona y creó algo tan simple como… un procesador de textos que es poco más que una página en blanco. Cuando abres una página, solo tienes e-papel: ni menús, ni escritorios, ni nada. Sólo espacio para escribir y música, por si deseas aislarte todavía más del entorno.

Aquí tienes un vídeo de Ommwriter en acción. Si te gusta, puedes bajarte una versión gratuita, o bien la de pago, que cuesta exactamente la cantidad de dinero que tú quieras pagar por ella.

La complejidad nos hace complicados.

Y, además, no la hemos elegido. Nosotros queríamos herramientas que dieran alas a nuestra imaginación y lo que nos han dado a cambio es plomo para esas alas. En realidad, nos han engañado a base de ofrecernos presuntas “actualizaciones” y “mejoras” que aportaban a nuestras herramientas funcionalidades completamente innecesarias. ¿Imaginas un destornillador tan sofisticado, pero tanto, que antes de usarlo sea preciso empollarse doscientas páginas del manual? ¿Y que cada mejora cambie su aspecto visual y el modo de usarlo? Pues eso.

¿Podremos volver alguna vez a la simplicidad de Homero, del cuentacuentos o del protagonista del cuento de Borges? No sé, veremos.